Enebril mabrero
No he parado de mentir.
Hace rato hablaba con alguien
y tuvo el tino de preguntar por ti
(todos lo hacen).
Dije que no sabía nada.
—Años sin verte.
—Años sin hablarte.
Mientras atestiguo hoy mismo que me has bloqueado de toda red social creada y por inventar.
Me trago el mal rato
con agua tibia
(Abstinencia que no es mentira)
y procedo a decir:
“Espero que esté bien, que las cosas vayan como lo deseaba y que quizás algún día tenga buenas noticias de ella”.
Sé de ella por una vecina. Tengo una cuenta falsa de vendedor para espiarte. Y alguien que conoces bien me llama para decirme que te vio haciendo la compra.
No paro de mentir.
“Éxito en sus proyectos”.
Quiero arrancarte la ropa y borrar todo este espantoso tiempo sin ti con mucho sudor y un deseo acumulado que duele de verdad.
“Me alegra”.
¡No! Al contrario: me enfada, me cabrea que te vaya bien lejos de mí. Se me olvidan los modales por estos celos malsanos.
“Sí, he estado saliendo con chicas, sí, varias citas distintas este año”.
Veo con neurosis diagnosticada mi teléfono.
Espero la llamada,
el mensaje,
el “lo-que-sea” que rompa este silencio.
Miento compulsivamente.
A los demás,
a ti (en ausencia),
a mi corazón y a mi deseo.
