Enero-Julio y no deja de llover
Me han ocurrido cosas buenas en estos últimos seis meses. Y al mismo tiempo, no me ha ocurrido nada "bueno". Un momento. No quiero ser ingrato ni mucho menos, no se me malentienda. En este tiempo volví a hacer dinero cada mes. Pude hacer cosas que solo ocurren cuando hay billetes en el bolsillo. Sí. Pero de eso, hace ya mucho, muchísimo, que no tomo a nadie de la cintura para caminar en fila en una calle atestada, o que una mano delgada y fría se mete entre la camisa y la piel de mi espalda. Han pasado ya años. Y de esos días, o mejor dicho, de los instantes de esos días, solo quedan retazos que yo mismo no sé acomodar para darles coherencia. Sé que fuimos al cine, pero no a cuál o qué vimos. Sé que olía un poco a sudor y body spray de melón. Que el tacto de la tela de sus leggins en mi cara era extraordinariamente suave y cálido. Que su pelo corto se me escapaba de las manos. Este mundo es grotesco, cruel y a veces sin sentido. Pero ese recuerdo pálido da paso a este nocivo pasatiempo que se llama "fantasear en lo que no es más". Ahora ha vuelto su recuerdo con la violencia de un escuadrón de quince hormigas come-hombres. Las noté claramente, a cada una de ellas, pero estaba ocupado existiendo y me dio un poco igual. Así es esto. Un día estás esperando el auto que te llevará a casa después del trabajo, y al otro te vuelves una fábrica de preguntas: ¿A qué sabía el amor a las 9:45 de la noche en un hotel por horas? ¿Cuántas calles hay entre un "te extrañé", un "no te puedo sacar de mi cabeza" y este silencio de veintiocho semanas? No sé. Se me pierden las respuestas a fuerza de ya no intentar resolverlas.
