Enero-Julio tormentas electricas
Sentado en lo alto de las escaleras, con la cabeza recargada en los barrotes.
Tirado a lo largo de la cama, con la cabeza colgando.
Llevando en brazos a Sam mientras voy a la cocina por un vaso de agua.
Llorando con la tristeza infinita de la rutina.
Con las manos ocupadas y el corazón ahí, sin nada dentro, vacio y oscuro.
Mirar los rostros treinta centímetros atrás de los ojos, fingir atención y pretender.
Respirar despacio,
para evitar los estertores violentos de sollozos reprimidos.
Hablar con una voz que no se quiebre. Plana e indolente, para que la risa siempre te salga torcida.
Recreo tu sombra y tus pasos,
por hoy, nada más, para no cometer suicidio, el de las seis de la tarde y las luces naranjas.
Antes, a las dos, ya pasamos por la crisis del mediodía y podemos tachar ese pendiente.
Voy por mis fotos y en ninguna estás.
Estás, pero no.
Tu nariz pequeña y los ojos verdes.
Pero no.
No estás ahí.
